Cuando quise
dar la vuelta para mirar atrás, ya nada de lo que recordaba estaba ahí, el
tiempo pasó y se llevó consigo más de lo que podía sostener y, entonces, mi
carga fue aún mayor, porque no hay peso más grande que el del vacío.
El vacío se
alimentaba de mis necesidades y yo lo mataba llenándome con cosas que nunca
llegaron a complementarme demasiado, me engañaba pensando que el creer que todo
iba bien realmente funcionaría, pensando que el tiempo era un aliado del olvido
cuando en realidad siempre ha sido el verdadero enemigo; y ese vacío creció,
alimentándose de los recuerdos que tenía y causando una confusión entre lo que
tenía y lo que necesitaba.
La confusión
aumentó y los recuerdos se avivaron, resultaban casi tangibles y yo, apoyado en
la idea de que debía abandonarlos, seguía creyendo que esa era la solución correcta
cuando, en realidad, esos recuerdos no fueron los que se aferraron a mí, sino
que fui yo el que se aferraba a ellos.
Y ahora me
encuentro en ese punto de no retorno, en el que las cenizas de aquel pasado ya
se las llevó el viento, pero que ni el más frio de los inviernos puede hacer
que abandone, frente a la idea de que el olvido es mi mejor baza.
"Hay recuerdos que no voy a callar, personas que no voy a olvidar, silencios que es mejor dejar pasar."
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