En un abismo de infinitas y
nublosas posibilidades de las cuales cada cual resultaba ser más ínfima que la
anterior, dando lugar a que pensar en ellas resultara como encontrar huellas en
un desierto en medio de una tormenta de arena, encontré tu rastro perdido en
mi, encontré mi felicidad perdida en ti.
Y es que dicen que el pasado
pasado está, pero no es más que un espejo que refleja tus carencias, y aquello
que por miedo a que podría ser, nunca llegó a serlo, que por miedo a volar, sus
alas quedaron inservibles.
Pero ahí estabas tú,
dispuesta a decir todo lo que yo nunca me atreví, y volver a intentarlo
reconstruyendo cada cristal, que fragmentado en el suelo se hallaba inservible,
reflejando trozos de un pasado que se escapaba de mis manos.
Realmente la vida son
instantes, suspiros que se escapan y nos roban el aliento, segundos que cambian
vidas, pensamientos que renacen y se avivan con más fuerza, como el fuego al encuentro del oxigeno que trata de alzar las llamas a este que solo quiere
ser recordado.
Ese oxígeno que te da vida,
que ansías cuando te falta, que no valoras cuanto merece hasta que se escapa, y
que ya no podrás recuperar; aquella bocanada de aire que se esfuma y que jamás volverás a recuperar.
Porque todo empieza con una
hipótesis, y tú fuiste mi mejor duda, que resuelta te me muestras, y que das
vida y seguridad a cada paso que camino.
“Porque nada acaba, hasta que tú sientes que ha
acabado.”